viernes, 21 de noviembre de 2014

Las aplicaciones están matando a la red

Las aplicaciones están matando a la red

La red —ese delgado revestimiento de diseño que recubre el murmullo técnico que constituye Internet— está muriendo. Y la forma en la que lo está muriendo tiene implicaciones más trascendentales que prácticamente cualquier otro asunto tecnológico en la actualidad.
Piensen en sus teléfonos móviles. Todos esos pequeños íconos en la pantalla son aplicaciones, no páginas de Internet, y funcionan de un forma muy distinta a como lo hace la red.



Montañas de datos nos dicen que dedicamos a las aplicaciones el tiempo que en su momento dedicábamos a navegar por Internet. Estamos enamorados de las aplicaciones, y éstas se han impuesto. En los teléfonos, el 86% de nuestro tiempo lo dedicamos a las aplicaciones, y sólo el 14% a la red, según la empresa de análisis móvil Flurry.

Todo lo referente a las aplicaciones parece una ventaja para los usuarios: son más rápidas y más fáciles de usar que lo anterior. Pero debajo de toda esa conveniencia hay algo siniestro: el fin de la misma apertura que permitió que las empresas de Internet crecieran para convertirse en unas de las firmas más poderosas o importantes del siglo XXI.

Por ejemplo, pensemos en la actividad más para el comercio electrónico: aceptar tarjetas de crédito. Cuando Amazon.com debutó en Internet, tenía que pagar varios puntos porcentuales en comisiones por transacciones. Pero Apple se queda con 30% de cada operación que se realiza dentro de una aplicación vendida a través de su App Store, y “muy pocas empresas en el mundo pueden soportar ceder esa tajada”, dice Chris Dixon, un inversor de capital de riesgo de Andreessen Horowitz.

Las tiendas de aplicaciones, que están ligadas a sistemas operativos y dispositivos particulares, son jardines enrejados donde Apple, Google, Microsoft y Amazon fijan las reglas. Durante un tiempo, eso permitió a Apple prohibir bitcoin, una moneda alternativa que para muchos especialistas en tecnología es el desarrollo más revolucionario en Internet desde el hipervínculo. Apple prohíbe habitualmente aplicaciones que violan sus políticas o sus gustos, o que compiten con su propio software y servicios.

Pero el problema con las aplicaciones es mucho más profundo que el control que pueden ejercer sobre ellas organismos centralizados. La red fue inventada por académicos cuya meta era compartir información.

Ninguno de los implicados sabía que estaban dando forma al mayor creador y destructor de riqueza que se haya conocido. Así que, a diferencia de las tiendas de aplicaciones, no había forma de controlar la primera red. Surgieron organismos que fijan reglas, como Naciones Unidas pero para el lenguaje de programación. Empresas que hubieran querido eliminarse mutuamente del mapa se vieron obligadas, por la misma naturaleza de Internet, a acordar revisiones del lenguaje común para páginas.

El resultado: cualquiera podía crear una página de Internet o lanzar un servicio nuevo, y cualquiera podía acceder a él. Google nació en un garaje. Facebook nació en la residencia estudiantil de Mark Zuckerberg. Pero las tiendas de aplicaciones no funcionan así. En la actualidad, las listas de aplicaciones más descargadas incitan a los consumidores a adoptar esas aplicaciones. La búsqueda en las tiendas de aplicaciones no funciona bien.

La red está compuesta de enlaces, pero las aplicaciones no tienen un equivalente funcional. Facebook y Google intentan solucionarlo al crear un estándar llamado “enlace profundo”, pero hay barreras técnicas fundamentales para lograr que las aplicaciones se comporten como páginas de Internet. Internet quería exponer información. Estaba tan dedicada a compartir por encima de todo que no incorporaba un medio para pagar por cosas, algo que algunos de sus primeros arquitectos lamentan hoy en día, ya que obligó a la red a sobrevivir con un modelo basado en la publicidad.

Internet no era perfecto, pero creó espacios comunes donde la gente podía intercambiar información y bienes. Obligó a las empresas a desarrollar tecnología que estaba diseñada explícitamente para ser compatible con la tecnología de la competencia.

Hoy en día, que las aplicaciones se imponen, los arquitectos de la red la están abandonando. El experimento más reciente de Google para el correo electrónico, Inbox, está disponible para los sistemas operativos de Android y Apple, pero en la red no funciona en ningún navegador a excepción de Chrome. El proceso de creación de nuevos estándares de Internet se ha estancado. Entre tanto, las empresas con tiendas de aplicaciones se esfuerzan para que las suyas sean mejores que las de sus competidores—y completamente incompatibles.

Muchos observadores de la industria creen que esto es lógico. Ben Thompson, un analista independiente de tecnología, piensa que el dominio de las aplicaciones es el “estado natural” del software.

Lamentablemente, debo coincidir. La historia de la informática la conforman empresas que intentan usar su poder de mercado para dejar fuera rivales, aunque esto sea negativo para la innovación y para el consumidor.

Eso no significa que la red vaya a desaparecer. Facebook y Google aún dependen de ella para ofrecer un flujo de contenidos al que se pueda acceder desde las aplicaciones. Pero incluso la red de documentos y noticias podría desaparecer. Facebook anunció planes para albergar el trabajo de las editoriales dentro del propio Facebook, convirtiendo a la red en una mera curiosidad, en una reliquia.
Creo que Internet fue un accidente histórico, una instancia anómala de una poderosa tecnología nueva que pasó casi directamente de ser un laboratorio de investigación financiado por el Estado al público. Cogió desprevenidos a gigantes como Microsoft, y provocó el tipo de revolución que las empresas de tecnología más poderosas actualmente preferirían evitar.

No es que los reyes actuales del mundo de las aplicaciones quieran aplastar la innovación. Lo que ocurre es que en la transición a un mundo donde los servicios se proporcionan a través de aplicaciones, más que en Internet, estamos entrando en un sistema que dificulta mucho más la innovación, los descubrimientos imprevistos y la experimentación para quienes desarrollan cosas que dependen de Internet. Y hoy, eso significa prácticamente todo el mundo.



Fuente: Expansion.com

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